Soñando Cuentos y Pesadillas  
         
     
   
 
   
 
 
         
      Con Prolijidad  
         
           Corrientes casi Callao; son alrededor de las trece, esas horas que no figuran en mi reloj. Salgo del restorán todavía paladeando el sabor de las pastas de verduras y camino el sol.
     - Señor, ¿me permite? -me enrostra un hombre que es pordiosero o se está preparando para serlo.
     - Sí, qué dice-, es todo cuanto se me ocurre contestar.
     - Ese bigote tan oscuro y bien cuidado no merece el enorme fideo que se le quedó pegado...
     - ¿Cómo?
     - Ahí, a su derecha.
     Tiene razón, pienso rápido, nada de mis ropas hace juego con el color verde de la acelga.
     - Claro, recién comí -me escucho y enseguida comprendo que mis palabras deben agredir las privaciones de este denunciante de mi negligencia - ¿y usted?
     - No, yo no, tengo hambre atrasada.
     - Por favor amigo, sírvase ya que lo descubrió.
     Lo veo alejarse despacio y tal vez contento. Yo quedé muy bien impresionado por su prolijidad para acercar su boca a mi bigote y devolverme el buen aspecto.
 
         
      La Agenda  
         
           Vino a buscarme y la pude convencer porque tenía muchos compromisos anotados; los verificó concienzudamente y se fue sola. Recordaba tan bien las marcas de las hojas que volvió exactamente en el día y la hora de la última anotación; pero como ella es respetuosa del trabajo y del cumplimiento de las obligaciones, miró atentamente la nueva agenda cargada de horarios, reuniones y tareas, y otra vez desapareció dejándome el tiempo necesario.
     Los plazos se agotan y esta vez están casi saldadas todas las citas. No he podido conseguir otra agenda, desaparecieron de los negocios y la que tengo en uso se está acabando. La muerte, que tiene excelente memoria, llegará pasadas las nueve y media de la noche.
 
         
      Los Recuerdos  
         
           Me entregué a su manera sutil de seducir.
     No puedo explicarme cómo me ocurrió a mí, hombre adulto y seguro de todo lo que hace.
     A pesar de mi carácter poco eufórico, y creo que menos aún expresivo, soy capaz de recordar gozando profundamente y hasta con exaltación aquellas situaciones que me llenaron de placer y conmoción. Ésa lo ha logrado.
     Anoche su fama me avasalló de tal manera, que bastó notara su vigorosa presencia para comenzar a desearlo, quererlo dentro mío. Descontroladamente necesité que me penetrara muchas veces; ahora me siento devastado por lo que hice.
Es potente, pero suavemente dulce, creo que ha venido del norte. Su oscuridad luce pareja y brillante, atrayendo con el temor que sugieren los abismos coloridos. Cuando ya han pasado varias horas, todavía me quema su fuego infernal.
     Vuelvo a lo ocurrido anoche.
     Verlo en el cuarto, quieto y con tanto cuerpo, hizo que los labios, avisados por la vista, se relamieran ansiosos, necesitados sin salvación de su aliento húmedo y de sus caricias largas y blandas. Es fuerte, pero delicado y atrapador: una sola vez con él y después se lo precisa hasta el desmayo. Así me aconteció a mí, hombre de costumbres sanas.
     Repaso mis actitudes de esta madrugada, proceder que no puedo definir claramente como querido o involuntario y procuro justificar mis excesos, por los cuales me veo en estos momentos degradado, aun cuando me explico perfectamente que no puedo evitarlo.
     La personal naturaleza y las esencias individuales resultan atacadas durante toda la vida por la educación: nos pulen, influyen y moldean para adaptarnos mejor a las sagradas necesidades de nuestra sociedad. Ciertos acontecimientos no deben ocurrir, porque a pesar de que se desarrollen en el más cerrado privatismo nos harán sentirnos muy desgraciados.
     Lo hice, me entregué al exceso y yo mismo me censuro por lo que no debió ser y para mayor gravedad no estoy seguro que me diera tanto placer.
     ¿Curiosidad, oportunismo o inclinaciones liberadas?
     ¿Fue un hecho eventual o volveré a repetirlo?
Todavía no tengo repuestas.
     Comienza una mañana nueva y el día entrará trayéndome la esperanza de su luz para limpiarme. Volveré bastante fatigado a esa manera de vivir que generosamente denominamos “normalidad”.
     Pero no. No lo dudo. Ha de pasar mucho tiempo antes que otra vez tome tanto vino de Salta.