Cuentos del Proceso  
         
           Libro compartido donde varios autores utilizan el método de la ficción narrativa para tratar los horrores de la última dictadura militar argentina.  
     
 
 

Nunca más
por Carlos Pensa

     La ansiedad impulsaba ese cuerpo de apariencia frágil, pero que todos conocían dinámico e inquieto.
   "Buen día", saludaba a don Manuel y ella seguía su camino, el de siempre hacía sus compromisos: su trabajo y encontrarlo.
    En la oficina su compañía era cordial, su comportamiento laborioso y además recordaba toda la historia de la empresa, de donde había salido quince años atrás, para volver ahora, recientemente.
   “Cuando él tenía cuatro años dejé este escritorio” relataba a sus compañeros junto con otras historias. Pensaba para sí que con el regreso de su hijo no querría trabajar tantas horas; la oficina le ayudaba a llenar los días largos ocupando su cabeza y también sus manos que se movían tan nerviosas.
   Con la tarde retirándose regresaba. Tal vez cansado por su insistencia inclaudicante y sus interrogantes excitados, o quizás mejor para ayudarla, don Manuel, encargado del edificio, imaginó la idea salvadora para evitar las preguntas anhelantes de esa mujer que sólo vivía para esperar. La desesperación se agravaba cuando faltaba del departamento más tiempo del que resultaba habitual: se la veía cargada de tensiones y no subía sin saber primero si él había recibido el dinero que la madre dejaba para sus primeros gastos. Buscaba a don Manuel por todos lados, subiendo y bajando con esa angustia que se advertía con su sola presencia.
   El proyecto fue salvador: en un hueco ignorado, al costado del ascensor, quedaría el dinero en un sobre pequeño, del que solo tenían conocimiento el encargado y ella. Espiando con cuidado obtenía la respuesta sin molestar a persona alguna.
   Jornadas y jornadas, semanas y meses, los agotaba esta mujer satisfecha por pedir por su hijo a cuanta persona representara una posibilidad, aunque fuera muy lejana.

                          *

     Dios esa noche la abandonó o tal vez nunca había existido, pensó en la cima de su desencanto. Aquel en quien creía elevando la vista, se cansó de los hombres y los dejó librados a sus violentas locuras y ella, posiblemente inocente, pagaba con su dolor de madre amputada.
   Todos dormían. Le resultó extraña la manera suave pero insistente de golpear la puerta. La esposa escuchó antes que cualquiera; su sueño siempre fue incompleto. Sacudió al marido, casi lo golpeó y el hombre ante la novedad saltó del lecho. Mal vestido se colocó cerca de la puerta intentando averiguar qué pasaba.
— Abran o rompemos todo…
— No… no… por qué?
— Policía. Si quiere llame para verificar, pero pronto— le gritaron.
   Ingenuamente entreabrió la puerta protegida con la cadena de seguridad: "Ni con un camión la vencen" le había afirmado el cerrajero. Caído, a tres metros de la entrada, miraba asombrado a los cuatro hombres quienes con la fuerza de sus cuerpos saltaron el cerrojo, el que roto y colgado en la pared todavía se movía. Quiso ponerse de pie y uno de ellos, el más cercano, le pateó la espalda y la cabeza; lo hizo con tanta fuerza que lo dejó tendido y sin respiración. Ella lloraba casi muda pues cada vez que quiso gritar o tan sólo hablar, un hombre tosco, alto y de manos sucias, la golpeaba sin miramientos en el rostro que ya lucía varias marcas coloradas.
   El hijo, de pie contra una pared, sabía que él era la presa, el trofeo de esa patota nocturna y que debía huir. Se movió hacía la salida, pero avanzó muy poco. Dos hombres, altos como las puertas, le cerraron el paso con gestos burlones y se notó que se alegraron de que el joven se moviera; fue el incentivo que estaban esperando. Le dijeron cuántos insultos sabían, y conocían muchos estos actores descontrolados de los excesos. Con furia lo tomaron por debajo de los brazos, alzándolo por el cabello que quedó tenso como sostén. Varias veces le golpearon la cabeza contra la pesada araña de metal que caía del techo y que tantas veces iluminó las cenas felices de esta familia que estaba siendo destrozada.
   El joven procuró vociferar, pedir auxilio, pero se quedó en la mueca. El jefe de los invasores, que dirigía a los demás sin decir palabras, alzó su puño derecho y le aplicó un golpe tan certero en la mandíbula, que la víctima perdió el conocimiento, mientras sangraba vencido. La madrugada se seguía tiñendo de rojo.
— Quietos y en silencio— ordenó el jefe, seguramente cumpliendo una fórmula final de la faena. La madre estaba atada y con la boca sellada. El esposo que intentó pararse alguna vez, yacía en un rincón, descompuesto, agotado por los dolores y perdiendo la vida sin saber por qué. El hijo continuaba adormecido por los golpes.
   Uno de los cuatro, el que parecía el alegre del grupo, revisó toda la vivienda y en un bolso que le resultó adecuado guardó dinero, joyas, relojes y muchos otros objetos que supuso valiosos. Los cinco salieron sigilosos y apurados. Alguien pudo escuchar la carrera veloz de dos o tres automóviles que desaparecieron tragados por el silencio de la noche cómplice involuntaria de muchos criminales.

                          *

   Nunca más, decía la madre, se repetirán estas salvajes tropelías.
   Otra vez creía en el cielo y sus ocupantes, y así, con fe esperaba el regreso del hijo.
   Ahora casi ni molestaba a don Manuel. Llegaba como siempre, nerviosa, excitada y procurando no ser vista, palpaba el hueco donde dejaba el dinero (creía que él lo necesitaría al retornar). Imaginaba como una madre previsora, ya que podría comprar algún alimento de su preferencia  o que tal vez a causa del cautiverio ahora fumara. Quién sabe qué capricho necesitara satisfacer! Día a día revisaba el lugar y el sobre no utilizado desbarataba su proyecto, que ya, de inmediato renacía, suponiendo la próxima jornada más feliz.
   Recordaba: después de aquella noche su esposo no pudo vivir más; había quedado con su cuerpo y su alma destrozados.
   Familiares y amigos la acompañaron en esa espera difusa, pero firme para ella. Viajó a cuanto lugar le recomendaban para pedir por la aparición de su hijo. Cuando volvía de sus viajes, siempre insistiendo en su búsqueda, su primer destino era el hueco, que ya tenía grabado en sus ojos con sus más insignificantes detalles. Esperanzas, desalientos y otra vez a erguirse como el ave Fénix, tantas veces como fuera necesario. Otras personas que estaban en su misma situación la alentaban pues los infortunios compartidos pueden ser más llevaderos.
   Pocas desesperanzadas tenían la seguridad de esta mujer, que volvía a creer siempre en el regreso de su hijo, a despecho de la dura realidad. Pedía a quien consideraba con posibilidades, recurría al periodismo y no cesaba de implorar al que rogaba sin palabras. Hacía su trabajo y consumía productivamente su tiempo, para regresar cada día soñando con la esperanza, único motivo de su vida. Al volver a su vivienda  repetía  como siempre la ceremonia de inspeccionar su oráculo secreto, ese hueco abandonado del que esperaba la respuesta. Invariablemente llegaba excitada a cumplir su rutina de inspección que cada vez le parecía novedosa.
   Nadie a la vista.
   Entró al costado del ascensor y revisó el hueco, hoy  vacío. Una y otra vez hurgó el pequeño espacio; lo tocó muchas veces, raspándolo con sus manos tensionadas, descontroladas como su emoción. Palpó el material hasta dañarse los dedos y la pared rústica se quedó con su sangre que ella no sentía escapar. Enfrentó el ascensor con las manos apretadas y rojas. Su corazón corría demasiado y su imaginación hilaba escenas, tantas que no alcanzaba a descifrarlas. No quiso elevarse por el hueco mecánico para estirar el placer de la alegría.
   Sonreía. Respiró profundo y decidió llegar a su tercer piso caminando con las alas de su ilusión.



Del libro "Cuentos del PROCESO" por Ediciones EDILIBA, Buenos Aires 1984